Mientras caminaba en su pos iba forjándome un plan tan endiabladamente ilusionante que me hizo quedar boquiabierto. El rígido y enrojecido cetro del vicio irrumpía en el sucio conducto de la escultural mujer con un suave sonido de succión que capté a fuerza de acercarme y afinar mi oído al máximo. Siempre había soñado con traspasar las páginas de las revistas licenciosas que ocasionalmente me prestaba mi amigo David y también con atravesar el frío cristal del televisor cuando emitían una de esas películas de guión pobre, pero colmadas de imágenes sobradamente expresivas. Muy a pesar mío, tenía que reconocer que las mujeres suelen tener más resistencia sexual que los hombres. Rocé suavemente mi pómulo contra su centro, que era de una textura tan aterciopelada como un precioso tigre de peluche que tuve de niño. La maciza concubina, por su parte, parecía estar hiperventilándose con objeto de zambullirse en una piscina y aguantar un rato sumergida. |