Nunca me he molestado en azotar o atar a un esclavo con correas de cuero durante la exhibición previa a la subasta. Ningún esclavo llega a la antesala de la subasta a menos que se trate de un ejemplar extraordinario, el cual es situado sobre una plataforma iluminada para ser examinado por miles de manos y ojos. Al principio yo acudía personalmente a las grandes subastas. Recuerdo que un año vi a un chico guapísimo de dieciocho años, acompañado por dos guardaespaldas, que ojeaba el catálogo muy serio y observaba de lejos, a través de sus gafas violetas, a cada una de las víctimas, para luego acercarse a ellas y pellizcarlas en el trasero. Otros sí lo hacen. Todo el mundo es un esclavo desnudo en potencia para quienes estarnos en este negocio. |