Decidí entonces pasar a la ofensiva, arrebatando la iniciativa al enemigo, o sea, tu misma, hermosísima chica. Si, me desvestiste, con cierta prisa y yo te dejé hacer y, sentado en la orilla de la cama, casi muero cuando volviste a agarrar mi verga, y con suavidad, comenzaste a pasar tu mano por todo su extensión. La palpitante cabeza subía y bajaba sin penetrar y, al notar que suspirabas otra vez, me detuve en tu entrada y, con la mayor delicadeza posible empiezo a penetrarte. Seguías vestida y yo deslicé mi mano dentro de tu escote, atrapando tu seno, apresando tu oscuro pezón. Me encantas. El resto de la tarde, besándonos y acariciándonos como dos adolescentes, la pasaremos de plaza en plaza y de bar en bar, admirando la ciudad. |