Mientras, Jamona había deslizado una mano entre los muslos de su amiga, frotándole el coño por encima del pantalón. ¿Y entonces?¡Para eso está el desvío de llamadas, imbécil! – me espetó la niñata. Su rostro, enrojecido por la excitación, tenía una expresión de lujuria como yo no había visto antes. ¡Menudo espectáculo! En ese momento iba conduciendo por instinto, guiado por la Fuerza, o dirigido por el Dios de los voyeurs, pues lo cierto es que si no tuvimos un accidente fue por alguna de esas razones y no porque yo estuviera mirando la calle. Conduje hasta un lugar un poco apartado y detuve el auto, volviéndome para ver bien a las chicas por primera vez, no a través del reflejo del retrovisor. Y entonces escuché la encantadora vocecita de Jamona susurrando:¡Ay! Aquí no… estate quieta…¡Ay, madre!, para cagarse en los pantalones. |