con una hora de anticipación. Era inmenso, pero de verdad inmenso. Todos la observamos con descaro y atención unos segundos, y ella trató de restarle importancia al asunto con un ademán:—Demasiado calor—, dijo. El pene de Alberto era más pequeño que el de Carlos pero, como dije anteriormente, más grueso. Carlos me lo hizo como perrito, misionero, de lado, y hasta apoyada en el respaldo del sofá; y Alberto hizo lo mismo con Helena. Ella volteó para yo pudiese ver la mercancía; se sonrió, giró hacia mi esposo y hundió la mano en su bragueta en un gesto que, analizándolo hoy día, resultó una especie de despedida; un ir cada una a sus asuntos. |