Me hallaba recostado contra la pared acristalada de cierta sucursal bancaria, junto a un cajero automático externo. A su espalda, un caballero alto, flaco y de pene corto y grueso, al que se le marcaban algunas costillas y la columna vertebral, impulsaba con un vigoroso vaivén su miembro hacia las entrañas rectales de la mujer. Con la mano libre me entretenía sobando fríamente los costados de mi acompañante temporal, de la misma manera que un policía cachea a un sospechoso callejero. Delante de mí, en el suelo, se acababa de aposentar un tándem heterosexual. La penetración heterosexual corría a cargo de un joven imberbe y de tez bronceada que fornicaba con un comedimiento impropio de su edad. Para llegar hasta allí tuve que pasar por encima de una pareja compuesta por un caballero famélico, y una preciosa chica pelirroja, pecosa y de piel clara con unos ojos de un verde tan resplandeciente, que más que globos oculares parecían gemas engarzadas por un joyero aficionado a la cirugía oftalmológica. |