Aquello superaba mi raciocinio. Para mi sorpresa y estupor, si es que todavía podía sorprenderme, puso sus manos en mi trasero y separó mis nalgas dejando el hueco necesario para que su boca pudiese continuar besándome. Se comportaban sin ningún tipo de recato, paseándose por la sala y montándoselo en cada uno de los muebles. Me quedé quieto donde estaba, aquello era demasiado. ¿Qué era lo que me iba a hacer? Me pregunté con algo de terror pero no tuve tiempo de hallar una respuesta porque se me escapó un gemido casi tan alto como los que antes habían dado ellos cuando mi madre, sin ningún pudor, se metió mi pene en su boca. Sus labios rozaban todo mi pene y podía notar como su lengua se movía dentro de su boca para tocármelo todavía más. |