Ella es la buena chica. Comprendí entonces que el show estaba dirigido a mí, así que, tras darle las gracias mentalmente a Santa Nuria bendita, me dediqué a disfrutar por el espejo, olvidándome por completo de que llevaba un coche entre manos. Es ley de vida. Ni que decir tiene que mi ego masculino alcanzó las más altas cumbres en ese instante. Cuando estuvimos listos, colocamos bien los asientos y las llevé a casa de Nuri. Su rostro, enrojecido por la excitación, tenía una expresión de lujuria como yo no había visto antes. |