No se preocupe usted. Lo que me encontré, al despertar, fue con una tarjeta encima de los tres billetes. A los porteros de hotel, de cuatro estrellas en adelante, íntimos amigos míos, se lo tengo requetedicho: “Guiris, si no queda más remedio. Esos pechos protuberantes que apenas eran sostenidos por un Wonderbra de lujo, duraron segundos bajo mi vista, porque con su mano, agarrándose a mi nuca empotró mi cara contra ellos sin apenas aire con el que respirar, solo el olor de una hembra en celo que pedía necesitada ser generosamente alimentada. Menos mal que se abrió la puerta en ese momento, porque los gritos que dio la señora –con dos niños, a los que trataba de tapar los ojos podían haber acabado prestando declaración en comisaría. N. |