El flujo había inundado todo mi vientre, mis piernas, y mi ano. Con la exhibición se había puesto tieso como un palo, con la punta roja e hinchada de sangre. Yo gustosa y obediente le acompañé hasta allá, donde él se acostó boca arriba con el güevo como un asta, y yo me le monté encima con mi senos apoyados sobre su pecho. Ese día me enorgullezco de haber soportado esa situación como una campeona. Entre tanto, yo comencé a acariciar el miembro de Carlos, y me acomodé de forma que ambos pudiéramos explorarnos mutuamente mientras disfrutábamos del espectáculo que nuestras respectivas parejas nos brindaban. La seña no pasó desapercibida para mí. |