si, ¿tu? – decía Enrique. Trinchera llevaba quince y todavía disfrutaba desafiando imposibles. Enrique le quitó el sujetador a Ingrid, la tumbó y empezó a besar sus pechos con dulzura, Ingrid notaba como la lengua de su amante la llenaba de placer, notaba como los labios recorrían sus senos y su lengua relamía sus pezones. Sus antebrazos tenían dos pistolas que se podían desplegar y en sus brazos sprays de nanos con células madre para las heridas. Bajo su abrigo blindado había una escopeta recortada con el cargador ampliado y varias armas automáticas en fundas cosidas en el abrigo. oye pibe, ¿estas seguro de eso? Es un suicidio entrar ahí – decía el copiloto, un hombre vestido con un traje lleno de cables y sensores y acento argentino. |